Freud y el Misticismo

 

 He de confesar que, por desgracia, pertenezco a aquellos individuos a cuyos ojos  ocultan los espíritus su actividad y de los cuales se aparta lo sobrenatural, de manera que jamás me ha sucedido nada que haya hecho surgir en mi la fe en lo maravilloso (Freud en “casualidad y superstición”, 2001: 920).

  

Este escrito surge como inquietud tras la lectura de la obra freudiana “Psicopatología de la vida cotidiana”. Por lo tanto, es imposible pretender un agotamiento del problema aquí estudiado, más bien, debemos reconocer que el análisis se concentra en aquella época del pensamiento freudiano de los años 1900-1924 (año de la última revisión del texto).

 

En esta ocasión he querido aclarar una faceta de Freud que ha sido mal interpretada por muchos lectores oportunistas, tentación en la cual debo admitir que caí en su época. Me estoy refiriendo a la vinculación de Freud con cualquier tipo de esoterismos o misticismos. Como se verá más adelante, las contribuciones de Freud a pesar de ser enormes y constituir un nuevo paradigma en Psicología y C. Sociales, nunca estuvieron dirigidas a probar (por lo menos conscientemente) los fenómenos metafísicos (especialmente la influencia de la mente en la materia). También aprovecho este espacio para señalar este asunto como uno de los principales puntos de divergencia entre Freud y Jung, por lo que me veo obligado a recordar algunos de los conceptos junguianos más a propósito del tema.

 

La solución que Freud brindó al problema mente-cuerpo o mejor dicho mente-materia es unidireccional. Él consideró que la mente (psique) afecta en la vida privada del propio individuo, que modifica también la capacidad del mismo para percibir la realidad, pero que de ninguna manera podría influir en los acontecimientos físicos exteriores de la persona (más propia esta creencia a su entender del paciente paranoico que del individuo normal).

 

La forma de enfrentar este asunto representa todo un hito para el pensamiento científico-filosófico de la época. Es la manera más original y completa de abordar la subjetividad humana y su relación con la vida “cotidiana” de cada individuo. Hasta entonces, solo existían dos formas de comprender el fenómeno: una espiritista, proveniente de tradiciones antiguas pero muchas veces incomprendidas y por lo tanto mal aplicadas, y otra forma científica, correspondiente a la linealidad del pensamiento físico newtoniano. La primera de ellas creía en una influencia decisiva de lo inmaterial (mentalismo) sobre lo material. Mientras que la segunda hacía caso exclusivo a la suma material de esfuerzos para producir cambios. Dentro de la economía, este paradigma tuvo su máximo exponente en Adam Smith, al considerar trabajo productivo solo aquel que producía excedentes físicos acumulables (excluyendo los servicios, el arte, etc.). Más de un siglo después el conductismo llevaría el paradigma mecanicista a la Psicología con relativo éxito.

 

Así, el Psicoanálisis se erigiría como todo un paradigma. Permitía la posibilidad de incluir al individuo y su compleja vida psíquica para la explicación de los fenómenos humanos (sus interacciones, productos y resultados). Los límites de esta nueva formulación quedarían bien marcados, cuando Freud comentaba:

 

No creo que un suceso en el que toma parte mi vida psíquica me pueda revelar la futura conformación de la realidad, pero sí que una manifestación intencional de mi propia vida psíquica me descubre algo oculto que pertenece también exclusivamente a ella. Creo en accidentes casuales exteriores (reales), pero no en una casualidad interior (psíquica) (Freud en “casualidad y superstición”, 2001: 917).

             De esta manera, Freud deja claro que lo psíquico afecta la vida personal (psíquica) de cualquier individuo “normal” mas sin embargo esto no implica que la actividad psíquica de una persona pueda modificar la realidad exterior. En otras palabras cree en la causalidad interior[1] y en la casualidad exterior.

 

A partir de este punto es en donde surgen las divergencias más palpables con la teoría de uno de sus seguidores, C. G. Jung. Mientras Freud se permite interpretar la mitología como un desplazamiento y proyección en el mundo exterior y a considerar que cuando los hombres empezaron a pensar comenzaron a interpretar antropomorfitamente el mundo exterior con una pluralidad de personalidades de su propia imagen, Jung introduce una serie de conceptos que le permiten proponer una “unidad” entre la materia y la psique.

 

Podríamos decir que después del tercer paradigma surge un cuarto. Éste es el resultado de la reinterpretación que Jung hace de las antiguas tradiciones y de la influencia cada vez más creciente de la Ciencia Física Cuántica. El principio de “Unicidad” en W. Pauli y el concepto de “Unus Mundus” en C. G. Jung establecen un “mundo único” dentro del cual la materia y la psique no están, sin embargo discriminadas o separadas en realidad. En otras palabras: Podría resultar que psique y materia son el mismo fenómeno, uno observado desde dentro y otro desde fuera (Von Franz, 1997:207). Por esto, a diferencia de Freud, Jung si considera que el pensamiento o actividad psíquica del individuo pueda tener efectos en la realidad exterior (esta cuestión la han abordado actualmente los físicos cuánticos y epistemólogos cualitativistas al considerar la influencia del observador en lo observado, ya sea un organismo vivo o un estado inerte).

 

Freud es tajante y claro cuando sugiere que la distinción entre el desplazamiento del paranoico y del supersticioso es menor de lo que a primera vista parece. El mecanismo que en el primero hacer creer que su pensamiento influye en la realidad es el mismo que al segundo permite pensar que la responsabilidad de sus actos no le pertenece realmente a él, por lo cual expía sus culpas en el otro. Así, queda explícita su postura ante los fenómenos metafísicos. La percepción de éstos no es más que proyecciones y desplazamientos de la vida psíquica de quien los vive. Mientras que la posibilidad de que le mente individual cambie o modifique la realidad está más cercana a la Psicopatología del delirio que a la posibilidad real.

 

Para poder combatir estas argumentaciones Jung tendría que retomar de la sociología y otras ciencias el concepto de “inconsciente colectivo” diferenciándolo de otro “personal”. Consideraría que el primero: se extiende a la época pre-infantil, es decir, a los restos de la vida ancestral (Jung, 1998: 96). Mientras que el segundo coincidía casi plenamente con la descripción original de Freud del inconsciente. En el inconsciente colectivo tendría su hogar los “arquetipos”, modelos heredados de conducta emotiva y mental en el hombre. Cuando éstos se activan hacen posible la aparición del principio que Jung bautiza como “Sincronicidad”, que no es otra cosa que una coincidencia significativa de sucesos exteriores e interiores que no están conectados casualmente, sino por el significado simbólico que nuestra sociedad les da.

 

Hasta aquí, quedan expuestas dos visiones del mismo problema. Mientras que en Freud no existe la posibilidad de que la vida psíquica influya en la realidad física exterior, Jung trata de organizar un esquema conceptual que si incluya esta posibilidad.[2] Sin embargo, a pesar de sus discrepancias con Jung, como es justo de todo hombre de ciencia, respetuoso y consciente de las limitaciones del entendimiento humano, Freud tampoco pretende agotar y clausurar la investigación metafísica, por lo que reserva un espacio para quienes estén interesados en el tema con estas palabras: 

 

Nada más lejos de mi que rechazar, desde luego, y sin formación de causa, estos fenómenos, sobre los cuales existen tantas y tan penetrantes observaciones de hombres de alta intelectualidad y que debe, desde luego, seguir siendo objeto de investigación (Freud en “casualidad y superstición”, 2001: 919).

 

Por último, quise colocar una cita que como peso en la balanza nivelará la expresión freudiana con que iniciamos este texto. En sí misma, constituye la réplica que Jung dirigió a su mentor y críticos cuando se descalificaba la experiencia religiosa :

Una persona puede decir tan sólo que nuca tuvo una experiencia de esa índole, a lo cual replicará el expositor: “Lo lamento mucho, pero yo sí”. Y ello podrá término a toda discusión (Jung, 1994: 167).[3]

     

 

 

Por: Jesús Saiz Galdós

Bibliografía:  

Barber, W. J. (1995) Historia del pensamiento económico. Alianza España.

Freud, S. (2001) Obras completas, Tomo III. Biblioteca Nueva. España.

Jung, C.G. (1994) Psicología y Religión. Paidós. España.

Jung, C.G. (1997) El Hombre y sus símbolos. Caralt. España.

Jung, C.G. (1998) Lo inconsciente. Posada. México.

 



[1] La causalidad interior es entendida precisamente con el concepto de sobredeterminación (del inconsciente) que aborda en su obra “La interpretación de los sueños”.

 

[2] No obstante, estoy consciente de que la distinción entre ambas teorías puede llegar a un nivel mucho más complejo y hasta superpuesto. Un ejemplo al respecto me parece aprovechable. El accidente que un cochero puede sufrir enfrente de una tienda X, puede estar, para Freud, sobredeterminado por  motivos  inconscientes, por lo cual no resulta fortuito el accidente y así la realidad exterior es modificada por la realidad psíquica del sujeto. Sin embargo, en Jung, este accidente podría deberse a la activación de un arquetipo, resultado de condiciones pretéritas, lo que teóricamente hace posible el salto del nivel psíquico al material sin la mediación, como en Freud, de la intencionalidad (consciente o inconsciente).

[3] Quiero reconocer que muchas de las diferencias que se les adjudican a estos dos grandes personajes son más artificiales y ficticias que reales. En muchas ocasiones, pueden estar hablando de lo mismo, pero con distintos matices... y en otras, resulta complicado sino imposible para cualquier neófito, hacerse de juez entre estos dos titanes. Queda claro así, que el objetivo de este escrito no es otro que el de mostrar algunas particularidades de la obra de Freud, tomando como referencia continuamente las aportaciones de su sucesor. Sin ninguna otra pretensión.